LOS OTROS
Cuando leí la separata de los Imaginarios Culturales, me sorprendió que el universo de autores y temas fuera menor que el del primer Imaginario. Ignoro si la convocatoria fue más reducida, si tuvieron problemas de presupuesto, si muchos convocados se rehusaron (mi caso) o hubo una depuración. Me pasó, como a Gumucio, que me aburrí y no terminé de leer.
Me aburrí por razones distintas a las de Gumucio, tal vez porque ocupo otro lugar social que él, sin tantos privilegios (aunque hoy tener un trabajo precario y publicar ya es un privilegio), sin tantas seguridades y sin acceso al poder. Eso me obliga a saber cuánto cuestan las cosas, a andar en micro, a sacar cuentas de todos mis pequeños deseos, a pelear espacios, aceptar trabajos mal pagados, malos tratos, y tratar de mantenerme en ellos sin relaciones sociales a las que acudir. Por esa razón, en Los imaginarios me hicieron falta palabras importantes que forman parte de las aflicciones que provoca un sistema de tanta desigualdad. No solo faltaron temas, también personas que han ido construyendo pequeñas propuestas que surfean o aprenden a navegar entre las olas y, sobretodo, a resistir la corriente.
A diferencia de Gumucio, como no tengo la posibilidad de ocupar un espacio en primera plana para irme en contra de los Imaginarios y de un grupo de intelectuales y artistas, me puse a pensar, largo y demorado. Pensar, dedicarle un tiempo al asunto, darlo vuelta en la boca en vez de tragarlo, asimilarlo y defecarlo, conlleva una generosidad con el otro, un respeto hacia el otro, un amor a las ideas, un reconocimiento al trabajo que hay detrás y al camino que recorrieron para concretarlo; lleva en sí el reconocimiento a la existencia de un otro que me apela.
Lo que no tiene Gumucio es amor, en el sentido de reconocimiento hacia la responsabilidad que la presencia del otro hace ineludible. No lo tienen los empresarios que quieren ganar dinero a costa de la salud, de la felicidad, del honor, de la dignidad, de la supervivencia; no lo tienen los escritores como Gumucio que son capaces de defender con uñas y dientes su pequeño lugar, aunque eso signifique marginar a los que no piensan como él; no lo tiene la izquierda que antes defendía nuestros derechos y que ahora no entiende que estamos hasta el cuello, que la vida está cara y mala, y no estamos siendo felices.
Los Imaginarios culturales que aparecieron en la separata de The Clinic son un síntoma de lo que estamos viviendo. Que haya aparecido en The Clinic y que luego este periódico haya publicado solo una crítica, la de Gumucio, es otro síntoma. Gumucio mismo es un síntoma que no es novedoso en la historia y que bien describieron Thomas Mann en los Buddenbrock, Flaubert en Madame Bovary o Balzac: ese burgués de provincia, satisfecho consigo mismo, que convierte su pequeño mundo doméstico en una ideología y en una bandera que defiende a ultranza como la verdad. Entenderlos como síntomas en su profundidad e inmensidad, reconocerlos, respetarlos, hacerse responsable de ellos y de su apelación, en vez de denostar, negar, desestimar, es también un imaginario.
Cynthia Rimsky, febrero 2011

1 comentarios:
Certera en sus palabras, eso no más.
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