domingo, 29 de marzo de 2009

Hembros, Novela en construcción


Nos acercamos a los otros para obtener reflejos de una vasta y generosa complacencia. Nada de lo que hacemos es realmente ingenuo, a menudo buscamos ciegos espejos que nos aprueben o nos hagan sentir cualquier cosa, lo que sea.
Es desde la costumbre que aprendemos a agudizar nuestros sentidos más allá de toda forma, combinatorias de cuerpos irregulares que se materializan.
El placer nuestro es extremado. Más allá del acto de llenar la boca necesitamos llenar aquel hueco vacío, que nos ha sido destinado, -dicen-, desde tiempos inmemoriales.
Como si representáramos una escena de película, sintiéndonos protagonistas de nuestro propio filme. Abiertos, casi hasta lo imposible asimilamos los nuevos escenarios. Leves secuencias de acontecimientos, que bien podrían ser inútiles, nos avanzan en cada fotograma.
Cierras tu vida, el pequeño círculo. Oscilas y hasta parece que algo se moviera. Sin embargo, idéntico y detenido siempre en un mismo punto, nada se detiene. Las alternativas aumentan. Cada propuesta exige la dignidad de toda búsqueda.
Fieras entonces seríamos, de todas formas subyugados, para que sólo algunos, los más atrevidos, obtengan de la fuerza el privilegio.
El secreto ahora nos impide.
Un continente nos sumerge.
Una tierra que al parecer se desvanece.
Cambian los números en el calendario.
Todo el sistema se modifica.



2 comentarios:

el botadero dijo...

a ver si esta vez el dinero me acompaña y logro comprarte hembros

porq con objetos del silencio parece que cague

jajaja
un beso

ah, soy josecarlos

Chamila dijo...

Para mi niña, mi amiga del alma, que ama las palabras igual que yo.


BELZEBUTH

Mi alma, celeste columna de humo, se eleva haciala bóveda azul.
Levantados en imploración mis brazos, forman la puerta de alabastro de un templo.
Mis ojos extáticos, fijos en el misterio, son dos lámparas de zafiro en cuyo fondo arde el amor divino.
Una sombra pasa eclipsando mi oración, es una sombra de oro empenachado de llamas alocadas.
Sombra hermosa que sonríe oblicua, acariciando los sedosos bucles de larga cabellera luminosa.
Es una sombra que mira con un mirar de abismo, en cuyo borde se abren flores rojas de pecado.
Se llama Belzebuth, me lo ha susurrado en la cavidad de la oreja, produciéndome calor y frío.
Se han helado mis labios. Mi corazón se ha vuelto rojo de rubí y un ardor de fragua me quema el pecho.
Belzebuth. Ha pasado Belzebuth, desviando mi oración azul hacia la negrura aterciopelada de su alma rebelde.
Los pilares de mis brazos se han vuelto humanos, pierden su forma vertical, extendiéndose con temblores de pasión.
Las lámparas de mis ojos destellan fulgores verdes encendidos de amor, culpables y queriendo ofrecerse a Dios; siguen ansiosos la sombra de oro envuelta en el torbellino refulgente de fuego eterno.
Belzebuth, arcángel del mal, por qué turbar el alma que se torna a Dios, el alma que había olvidado las fantásticas bellezas del pecado original.
Belzebuth, mi novio, mi perdición...




Poema de Teresa Wilms Montt.